El que se fue y volvió con otros ojos: emigrantes que están reinventando sus pueblos de origen
Cuando Lucía Mendoza volvió a Huatla de Jiménez, en la sierra mazateca de Oaxaca, llevaba doce años viviendo en Ciudad de México. Había estudiado diseño, había trabajado en agencias, había aprendido a moverse por una megalópolis de veinte millones de personas. Y cuando bajó del autobús en el pueblo donde nació, lo primero que sintió no fue nostalgia. Fue extrañeza.
«Vi el mercado como si fuera la primera vez», recuerda. «Vi los colores de los huipiles, escuché el mazateco de las señoras y pensé: ¿cómo es posible que yo haya crecido aquí y no haya sabido lo que tenía?»
Esa pregunta es la semilla de algo que está ocurriendo en muchos rincones del mundo hispano y más allá: personas que emigraron, que vivieron fuera, que adquirieron una perspectiva exterior, y que al regresar se convierten en traductores involuntarios entre su comunidad de origen y el resto del mundo.
La distancia como lente
Hay algo que los estudios de sociología llevan décadas documentando y que cualquier emigrante reconoce en cuanto lo escucha: marcharse de un lugar es la única forma de verlo completo. Cuando estás dentro, las cosas son simplemente como son. Cuando vuelves desde fuera, de repente tienen textura, historia, rareza, belleza.
Esta perspectiva doble —la del que pertenece y la del que observa— es exactamente lo que hace tan valiosos a los emigrantes retornados como guías de sus propios lugares. No están vendiendo una postal. Están compartiendo un duelo y un descubrimiento al mismo tiempo.
En los últimos años, este fenómeno ha tomado formas concretas y visibles. En pueblos de Galicia que llevaban décadas vaciándose, jóvenes que habían emigrado a Madrid, Barcelona o Berlín están volviendo y abriendo pequeños proyectos de turismo rural que no existían antes. No tours convencionales: experiencias construidas sobre la memoria personal y el conocimiento profundo del territorio.
En comunidades indígenas de Guatemala, jóvenes que estudiaron en la capital y regresaron están documentando tradiciones textiles que sus propias abuelas habían dejado de practicar, y están encontrando en el turismo comunitario una forma de darles continuidad económica y cultural.
El guía que no necesitó formarse
Sebastián Quispe creció en Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, en el norte de Argentina. A los dieciocho años se fue a Córdoba a estudiar turismo, con la idea de volver y trabajar en los hoteles que empezaban a proliferar en el pueblo. Volvió cinco años después, pero no a trabajar para ningún hotel.
«Estudié turismo y aprendí todo lo que se supone que hay que aprender», explica. «Pero cuando volví a Tilcara me di cuenta de que lo que más valor tenía era lo que yo ya sabía antes de irme: dónde está el manantial que nadie conoce, qué familia hace la mejor chicha del valle, cómo se llama el cerro en quechua y por qué ese nombre importa».
Hoy Sebastián organiza recorridos a pie por la quebrada que no aparecen en ninguna plataforma de reservas. Los grupos son pequeños, la duración es flexible y el precio lo decide el viajero según lo que pueda pagar. «No soy guía turístico. Soy alguien que te lleva a ver mi casa».
Esta informalidad es parte del valor. La diferencia entre un tour convencional y lo que ofrecen estos retornados es la diferencia entre ver un lugar y entender cómo se siente vivir en él.
Cuando el regreso revitaliza
Más allá del turismo, el regreso de emigrantes está teniendo efectos profundos en comunidades que parecían condenadas al abandono. En la comarca de Las Hurdes, en Extremadura, varios jóvenes que habían emigrado a ciudades españolas volvieron durante y después de la pandemia. Algunos abrieron negocios. Otros simplemente se quedaron. Pero todos trajeron algo que el pueblo había perdido: la convicción de que quedarse podía ser una elección y no una resignación.
En pueblos del interior de México, el fenómeno de los migrantes que regresan de Estados Unidos con capital, habilidades y una visión diferente está siendo estudiado por economistas y antropólogos. Algunos de estos retornados están invirtiendo en proyectos de turismo local, en la restauración de casas antiguas, en la recuperación de festividades que habían quedado reducidas a su mínima expresión.
No todo es idílico, claro. El regreso también genera tensiones. A veces, la mirada exterior del retornado choca con la de quienes nunca se fueron. A veces, la revitalización que trae el turismo desplaza a los vecinos de siempre. Estas contradicciones forman parte del fenómeno y hay que nombrarlas.
Aprender a ver con sus ojos
Para el viajero que llega a uno de estos pueblos, conectar con un retornado es una de las experiencias más ricas que puede tener. No porque te vayan a llevar a lugares secretos —aunque a veces sí—, sino porque te van a contar el lugar desde una doble verdad: lo que es y lo que podría haber sido, lo que se perdió y lo que queda, lo que el pueblo le dio a ellos y lo que ellos están intentando devolverle.
Algunas formas prácticas de encontrar esta perspectiva: busca proyectos de turismo comunitario gestionados por personas del lugar, no por agencias externas. Pregunta en los bares y tiendas quién volvió hace poco y por qué. Lee los proyectos culturales locales, las iniciativas de recuperación de oficios, los pequeños museos que alguien montó en su casa.
Y cuando encuentres a alguien que se fue y volvió, pregúntale qué vio diferente cuando regresó. Esa respuesta, casi siempre, vale más que cualquier guía.
El viaje dentro del viaje
Hay algo conmovedor en la historia de alguien que tuvo que marcharse para aprender a querer el lugar donde nació. Y hay algo muy útil para el viajero en esa historia: la posibilidad de ver un lugar no solo como es en el presente, sino como fue, como podría ser, y como lo ven los que lo llevan dentro aunque hayan vivido lejos.
Lucía Mendoza, la diseñadora que volvió a Huatla de Jiménez, terminó montando un pequeño taller donde trabaja con tejedoras locales y recibe a viajeros que quieren entender el proceso. «No les enseño a tejer», aclara. «Les enseño a mirar. Que es lo que a mí me costó doce años aprender».
Esa es, quizás, la lección más importante que pueden darnos los que se fueron y volvieron: que mirar de verdad es un aprendizaje, no un regalo. Y que a veces hay que alejarse mucho para ver lo que siempre estuvo cerca.